And when your fears subside
And shadows still remain
I know that you can love me
When there’s no one left to blame
So never mind the darkness
We still can find a way
Cause nothing lasts forever
Even cold November rain.
And when your fears subside
And shadows still remain
I know that you can love me
When there’s no one left to blame
So never mind the darkness
We still can find a way
Cause nothing lasts forever
Even cold November rain.
Ella duerme tras el vendaval.
No se quitó la ropa.
Sueña con despertar
en otro tiempo y en otra ciudad.
Otra de esas canciones que cuelgo, pero que no soy capaz de escuchar. Mañana, otra vez, veré a Iván Ferreiro… y, otra vez, tengo miedo. Otra vez, encontrarme con demasiados recuerdos. En fin, llevaremos un cargamento de pañuelos y a llorar!
¿Dónde perdí aquella poción para volar y conseguir no llorar más?
Creo que eras tú…
Los Piratas, Reiniciar
Desde demasiado lejos escribo y estoy. De mí misma y de todo lo que soy. De tantas cosas que tengo y no tengo. Hoy es demasiado tarde y hay demasiado silencio. No estás. No queda nada de ti. Ni de mí. No me tengo. Esta noche sólo se escucha el viento. Fuerte. Viene desde demasiado lejos. Desde de ti. Desde mí, que ya no me tengo.
…mi sonrisa en venta.
PD: La canción no es de mis preferidas de Manolo García, pero hoy me apetecía ponerla.
Tomé aquel libro como si fueran unas instrucciones. Como si fuera una excusa. Porque no sabía cómo expresar tanto dolor y lo puso en las letras ya ordenadas de otra persona. Era un “lo siento, esto es lo que hay”. Yo pasaba un mal momento y ella quería darme su mano y tirar de mí, pero no podía. Porque el dolor más grande es el que no sabes de dónde nace, el que no sabes por qué viene.
Aquel libro que me dio para curar mi dolor se convirtió en una carta explicándome el suyo. Me dio una nota en la que decía “socorro”. Porque no era capaz de gritar más fuerte y estaba atrapada ente sus sueños y el dolor. Huir nunca es la solución… pero ayuda tanto cuando lo único que ansías es escapar…
Y pasaron los días y luchaba por sonreír, pero no veía motivos -“y pintada en las esquinas, mi sonrisa en venta”-. Y así pasaban los días, como un pesar con el que hemos de cargar. Pero, dentro, brillaba una pequeña luz. Una luz que aún parpadeaba en sus ojos. En la sonrisa forzada de un “hay que seguir”. Aun forzada era tan bonita, que aún había esperanza.
Me dio un libro de sus instrucciones. Y en él encontré demasiadas cosas. Quería ayudarla y decirle: estoy aquí. Pero yo tampoco sabía por dónde empezar. Yo quería hacerle gritar. Que rompiera a llorar, pero que llorara a mi lado para poderla abrazar. Que dejara de llorar en soledad y dejara que las noches fueran un descanso. Que las noches no fueran relojes y los días arena.
Y así nos convertimos en compañeras
de esta vida que nos duele, pero que nos hace sentir tantas cosas buenas… como el hecho de poder compartir lo bueno, lo malo y lo peor. Y que siempre haya una mano, una voz…
Y así seguiremos tirando, entre empujones y tropiezos, pero siempre para alante. Y ese libro fue el primero de muchos, de mil regalos de los que ya perdí la cuenta.
Volví a escuchar a Los Piratas. Fue de camino a León. A pesar de la música todo eran risas. Había luz, a pesar de las nubes. Se nos escapaba el verano, pero llegaba el otoño. Es extraño comenzarlo aquí. Aquí. Otro otoño de idas y venidas.
Y al final, no importa dónde esté. Siempre hay un rincón por el que apareces. Aunque escape. Hay un rincón… Pero ahora estoy aquí. Otra vez lejos (o ¿cerca?). La distancia ya no importa, ya no me gana. Estar yo siendo yo es lo único que quiero. Al final, no me dejé ganar (o tal vez sí, qué más da). Y los Piratas volvieron a sonar… canciones que casi parecían olvidadas y de fondo eran el eco de un tiempo anterior. Pero no lloré. En el coche sólo había risas.
Hoy estoy aquí… desde la tranquilidad. Despidiendo al verano y esperando el otoño. Esta mañana me despertaron los últimos rayos de sol (o ¿los primeros?) que iluminan esta guarida que me he creado.
Hacía mucho que no escuchaba esta canción, pero tiene la capacidad de transportarme a una época que hoy queda muy lejana.
De tanto despedirme se olvidaron las despedidas. De tanto separarnos se nos olvidó cuándo estuvimos juntos… Hoy no sé dónde estoy, dónde estamos.
La distancia dejó de tener sentido desde que estar cerca no significa nada.
La edad fue un defecto que adquirimos con el tiempo. Dejamos de soñar como niñas y niños, como jóvenes adolescentes. Empezamos a ser personas adultas. Otras cosas nos llenaron. La pareja, el trabajo, el dinero, la envidia… y dejamos de mirar a las estrellas como si verlas fuera un momento especial compartido. Empezamos a verlas como si ellas fueran un privilegio propio. Como algo nuestro y poseído. Como si ellas estuvieran más abajo de nuestros pies. No importaba con quién compartiéramos el momento. Eramos el yo y el ellas. Y todo dejó de tener sentido.
Los veranos dejaron de ser verano para ser vacaciones. El amor de verano pasó a ser el más insignificante de los recuerdos de la infancia. El amor pasó a ser la comodidad de tener siempre alguien al lado para no sentirnos solas y solos. Nosotros y nosotras acabamos por ser un conformismo neutro o una búsqueda constante. Sin saber si estábamos arriba o abajo. En medio o entre la nada de ningún lugar. Sin saber si podemos confiar en la persona que nos mira de reojo o aquella que desde enfrente simula su franqueza. La vida dejó de ser un sueño para pasar a ser una incógnita real, una obligación, una ley de vida que no supimos cambiar. Algunos y algunas siguieron el camino lógico. Otras y otros nos perdimos mirando las estrellas.
Yo hoy las miro y me dan miedo. Son muchas. Pueden conmigo. No me gusta compartir esos momentos sólo con ellas. Ya nadie mira arriba. ¿dónde están? Muchas personas dicen que dejaron de existir hace años e, incluso, siglos… tal vez fue en el momento en el que dejamos de mirarlas con alguien. El capitalismo nos invadió el alma. No sé… tal vez, lo subliminal pudo más de lo que se creía… sí. Un modo de vida nos invadió.
La vida de las personas adultas, la ley de vida. Las estrellas que queremos ser y que no nos gusta mirar. Dejamos de compartir momentos, dejamos de recordarlos. Ya no somos los que fuimos, ya no guardamos las esencias. Y, como las estrellas, sólo somos el reflejo de lo que un día creímos ser.
¿A dónde nos hemos ido…?
“Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá.”
“…el miedo es una grieta que agrandó el dolor…”
Es difícil volver a decidir marchar, volver a hacer la maleta, volverme a ir lejos, más lejos. Irme a un lugar que siempre me trae recuerdos, un lugar de donde son mis mejores recuerdos. También algunos de los peores. Volver a empezar aun por un tiempo corto o indefinido. Quién sabe.
Es difícil volverme a marchar cuando parece que no queda nada más por romper, cuando ya está claro que todo va a terminar -¿no había acabado ya?-. Sí, será lo mejor irme de una vez.
Irme una vez más. Soportar la distancia de los kilómetros y no la distancia del tiempo. La distancia próxima que no aguanto. Será lo mejor, marchar otra vez. A pesar del miedo de encontrarte en medio de la soledad, una vez más. Cada vez que marcho te acabo encontrando.
Hoy me es difícil sacar el valor para marcharme y cerrar, de una vez, ese libro que siempre quedará a medias, inacabado. Ese libro releído una y mil veces y que siempre dejamos a medias, que siempre quedó tirado en algún lado. Será mejor olvidar, aunque cerrándolo sienta que perdí el tiempo intentando terminarlo -o intentando no terminarlo nunca-. Aunque tras tanto desgaste aún cueste más marchar, más de lo que costó hace un año, hace tres. Y aquí estamos, una vez más. O aquí estoy intentando aceptar el paso del tiempo, el fin de las cosas que nunca quise acabar…
“En todos los lugares te encuentro,
en todos los lugares me siento un habitante más”
“Tu cuerpo lo hace todo,
cuando quiere está contento
y cuando no, me machaca otra vez.”
Dónde estabas entonces cuando tanto te necesité…