La velocidad de los días, el peso del tiempo

31 01 2012

Y, de repente, la vida era demasiado corta como para dejar pasar los días. Como para gastar los días pensando en qué hacer.
Eso era solo un comienzo. Pero la vida era corta. No podía permanecer más tiempo parada. Más tiempo inmovilizada. Pensando. Pensando por dónde caminar.
Los planes se habían torcido. Pero había muchas cosas que quería hacer.
De repente, vio que su vida pasaba más rápido de lo que había imaginado nunca. Y, en sus manos, no había ninguna de las cosas que soñaba tener.
No era capaz de dormir. Había días que no podía despertar.
En su libreta, acumulaba planes por cumplir. Mientras las hojas del calendario pasaban rápidamente.
Y no sabía por dónde empezar a caminar.
Necesitaba algo que le diera un poco de calma, un poco de paz, que no le hiciese sentir sola en cualquier parte. Que el tiempo respirase al mismo tiempo que ella.
Que su habitación se hiciera más grande y las paredes no se cayeran sobre ella. Que el silencio dejara de agobiar por todas partes. Que las mantas no pesaran. Que el colchón no se hundiera.
De repente, habían pasado demasiados años. Casi sin darse cuenta. Sin darse cuenta.
Tras ella, muchas vidas. Muchos lugares. Y nada al mismo tiempo. Ya no quedaba nada de todo aquello.
Porque nuestro pasado se acumula en nuestro presente. Y esto que tenemos ahora es lo que hemos hecho. Y parecía que nada de lo pasado tuviera ya sentido. Ya no existía. Tal vez, nunca existió…