Con hoy es suficiente y mañana es demasiado

21 07 2011

En este caminar en círculos que es mi vida, volví aquí. Aquí todo es nuevo y viejo cada día, al mismo tiempo. Vivo en una casa que da la espalda a mi vieja casa. Intentando no ver los recuerdos a la cara, pero sin alejarme de lo que me sigue uniendo a este lugar. Y lo que ya no me une a él. Todo es viejo y nuevo a la vez.
Hoy parece que no queda nada de todo aquello. Aunque vengan reflejos, de vez en cuando. Noches en las que parece no haber pasado el tiempo…
Y ha pasado tanto… Cuatro años. Ya no somos las mismas personas. Aunque, a ratos, los recuerdos entren en mi habitación sin llamar a la puerta. Aunque huyas. Aunque me preguntes por qué he vuelto. Aunque me mires con miedo y me digas que te acuerdas de aquel momento.
Y seguí adelante. También aquí. Aquí donde ahora todo es diferente. Donde, por fin, después de tanto tiempo estoy bien. Y sé que ahora empieza el inicio de los últimos días. Las despedidas. Las maletas. Papeleos. Despedidas. Despedidas.
Y, otra vez, me tengo que marchar. Ya cuento los días sin querer que pasen. Pero pasan. Y crece el miedo. Dejar tantas cosas atrás da miedo. Volver a empezar da miedo.

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espejismos

2 05 2010

Creo que no fue miedo. Tal vez haya acabado siendo algo filofóbica… pero creo que no fue miedo. Alguna vez, vi algún reflejo. Alguna vez, vi cosas que no sé si quise ver.  No vi otras que –quizás- debí ver. Me hubiera gustado ser, o estar, diferente para poder haber dejado un hueco, un espacio, por donde dejarte llegar. Un lugar por donde empezar a ir.

Por dónde empezar a andar…

Creo que no supimos qué queríamos. Quizá eso fue lo bueno. No nos pedimos nada. No esperábamos nada. Ninguno estaba en un buen momento. Y no quisimos esperar cosas que no tenía sentido esperar. Pero eso me hacía sentir bien contigo. Conmigo. Hacía mucho que no había sentido algo así…

Hoy, soy yo. Libre. Sola. Libre. Yo. No tengo nada y me tengo a mí. No me importa no saber a dónde ir, por dónde empezar… aún tengo demasiadas cosas por hacer. Por fin me convertí en esa tabla de mi propia salvación. Aunque a la deriva, pero sigo viviendo

Volví a escuchar canciones. Volví a ir a los lugares prohibidos. Volví a dormir, a soñar, a vivir. Quizás la filofobia fue algo de las muchas cosas que aún me quedan de ti. Pero hoy puedo mirarte de frente. Hoy puedo mirarte sin venirme abajo.

Quizás me hubiera gustado que todo fuera diferente. Aprender a pasar página. Aprender de los errores y seguir adelante sin mirar atrás. El pasado me encadena sin sentido… creo que a ti te pasa lo mismo.

Me hubiera gustado saber si había algo más. Si no lo había. Me gustó que no nos pidiéramos nada. Me gustó no esperar nada de ti, aunque creo que quizás alguna vez eso pudo desesperarte. Hacía demasiado tiempo que no me sentí así. Sin exigencias, sin compromisos, sin obligaciones, sin nada que perdonar, ni olvidar. Me gustó que todo fuera nuevo.

Y así vivo mis espejismos. Entre cosas que fueron y cosas que son. Entre cosas que no fueron y cosas que ya no existen. Cosas que no son. Así vivo mis historias. Las que no existen, las que no sé si existieron. Entre destellos especiales. Espejismos de felicidad. Pero son mis historias…

Ahora sólo estoy yo. Sola. Libre. Yo. Al final, los finales felices pocas veces existen, sólo importa tener cosas que empezar. Qué importa esta incertidumbre… Qué importa seguir buscando por dónde empezar. Al fin y al cabo, nunca quise una vida convencional.





el peso de los pasos

11 04 2010

Tantas cosas dejó atrás que no sabía por dónde volver a empezar. Y, sin embargo, había tantas cosas dentro de aquella mochila que, cada día, le costaba más caminar.

Los pasos se hacían duros.

No había una dirección por la que dirigirse. No había una salida. No había una opción. No había nadie a su lado.

Dejó atrás todas las cosas que le hacían sentir bien. Ahora, no quedaba nada. Quería volver atrás. Volver a empezar un camino que nunca debió haber dejado. O, tal vez, sí. ¿Cómo saberlo? Las decisiones que tomamos nos acompañan toda la vida. Cada decisión implica dejar cosas atrás. Lo bueno. Lo malo.

Pero dejó muchas cosas por el camino. Y siguió avanzando con una mochila que, aún, pesaba demasiado. ¿Qué hacer con todas esas cosas que siempre acaban a las espaldas? Quizás, sería más sencillo volver atrás y recuperar las cosas que le hicieron sentir bien. Tirar la mochila. Volver a poder caminar sin ataduras. Sin nada que no le dejara seguir su camino.

Pero… ¿dónde estaba su camino? Ya no había forma de volver atrás. Sólo podía seguir adelante. Deshacerse de esas cosas que le seguían pesando, aunque fuera lo único que le uniera con las cosas que, un día, le hicieron sentir bien.

Y siguió caminando. Buscando ese cartel indicador que le guiara hacia alguna parte…

En un cartel indicador que me pintaras
tu nombre y una flecha que me guiara





tropiezos (in)voluntarios

11 02 2010

No sé por qué llevo una noche de recuerdos. Quizá haya sido resultado de estos días de reencuentros, de viajes y de búsquedas.  Acabé escuchando canciones prohibidas, mis filofobias reaparecieron, pero pude con ellas. Ya sé que puedo escuchar hasta las canciones más tristes de Los Piratas y, ayer, me sorprendí escuchando una y otra vez Extrema Pobreza, de Iván Ferreiro. Y, buscando en más cajones desordenados, encontré “Darse cuenta”, un cuento para pensar de Jorge Bucay.

Cuando lo leí, hace ya mucho tiempo, estaba en un momento duro. Pero me empeñé en estar bien, en ver los socavones, en saltarlos, en ir directa a la acera de enfrente para no volver a caer. Hoy, me doy cuenta de la cantidad de tiempo que me he pasado en el octavo día. Ese día en el que crees que estás bien y que al confiarte y festejarlo, te caes otra vez.

Hoy, quiero pasar por la acera de enfrente. Ha pasado mucho tiempo. Mucho. Pero he caído tantas veces que ese socavón se convirtió en mi casa, en la forma en la que me acostumbré a vivir. Sin ser capaz de ver qué había en la acera de enfrente… Y, aún hoy, me cuesta mirar allí, pasar por allí, no volver a caer… y olvidar ese socavón que se convirtió en mi casa, en mi guarida, en la única forma de tener algo. Aunque no fuera nada.





en un vértice de tiempo

21 01 2010

El viaje fue duro. Hubo un momento en el que pensé que no llegaríamos. Pero llegamos. La nieve y la noche no nos dejaban ver el camino. Pero llegamos.

Y cerré una etapa. Y tal vez vuelva. ¿Quién sabe? Al final todo pasó demasiado rápido y me quedaron muchas cosas por hacer. Otras muchas que necesitan tiempo a largo plazo. Pero volví y ahora hay que volver a empezar.

Ya han pasado algunas semanas desde entonces. Hoy estoy aquí, en uno de esos días temidos. Esos días de los comienzos duros. De los caminos que no sabes a dónde te van a llevar. De esos caminos que no sabes si llevarán a algún lugar o si sólo será un rodeo más. Un rodeo de esos que suelo hacer. Tengo un cajón lleno de cosas que me llenaron pero que hoy no sirven para nada. Cosas que nadie entiende.

Hoy es un día de esos que temía y que me temo. Creo que quedan muchos como este.

Pero sigo buscando mi camino, a pesar de estos días que tengo una parálisis extraña que no me deja hacer nada. Este bloqueo que tiene que terminar.

Las cosas no van a ser fáciles y el tiempo se ha encargado de mostrarlo muchas veces… esto es lo que hay… y con lo que hay habrá que hacer que todo cambie. Habrá que empezar a caminar por algún lado. Dejar los círculos.





mi(s) feminismo(s)

11 12 2009

No he tenido tiempo antes para escribir algunas de las impresiones que me he llevado de las Jornadas Feministas Estatales de Granda. Tras unos días de intentar descansar, recomponerme y reflexionar, tengo necesito expresar muchas cosas. Sobre todo, necesito decir qué es para mí el feminismo. Porque sí, de encuentros tan bonitos como éste, también me vienen muchas decepciones.

Para mí, ser feminista es tener luchar por la igualdad de derechos de todas las personas. Es creer en esa igualdad de derechos y trabajar para que todas las personas puedan acceder a ellos. Cada ser es diferente, es distinto, se crea y se destruye a sí mismo o misma una y otra vez. Tenemos tantas identidades como días en los que vivimos, como momentos en los que soñamos, en los que creemos que otro mundo es posible.

Creo que todas las personas tienen derecho a la dignidad, no importa su trabajo, su procedencia, su sexo. Y sé que la dignidad nos la pisan una y mil veces cada día. Ser feminista es ser consciente de que el mundo está organizado de forma desigual e injusta desde una época que ni somos capaces de recordar. Ser feminista es querer cambiarlo. Querer cambiar esa estructura patriarcal, androcéntrica, capitalista e injusta. Cambiarla desde el diálogo, la reflexión, el respeto a las ideas. Porque no podemos caer en ser aquello contra lo que luchamos.

Creemos en las mujeres, creemos en los hombres. No vamos en contra de lo femenino, ni si quiera de lo masculino. Sólo queremos que la vida sea vida, que todas las personas tengan el derecho a decidir. Odiamos la violencia porque machaca la vida que tanto amamos. No queremos ser mejores que nadie, no queremos ir contra nadie. Queremos lanzar un mensaje positivo.

No queremos ser esclavas de nadie, no queremos penas, ni victimismos. No queremos culpas, no queremos rencores. Sólo queremos ser libres, ser libres y responsables. Tener derechos, tener deberes. Queremos ser ciudadanas con todas las letras.

Sí, lo sé. Hay muchas personas para las que el feminismo es esto y otras muchas cosas. También para las que esto no es lo que les representa. De las jornadas me llevo muchas cosas buenas, pero también muchas cosas que no lo son tanto. Existen muchos feminismos, casi como personas que nos consideramos feministas. Mil visiones ante un mismo problema que lo inunda todo.

Lo cierto es que en este encuentro estatal, eché de menos que hubiera hombres. Sí, éste era un espacio de mujeres, pero quiero que los hombres formen parte de este proceso. Porque sé que hay muchos que luchan y trabajan por este cambio. También habría querido más reflexión profunda, más escucha, más respeto a las ideas diversas que entre nosotras (todas esas a las que nos meten en el saco de “las feministas”) existen.

Son muchas las diferencias que tenemos y, de hecho, he comprobado que mi forma de pensar es bien distinta a muchas de las personas con las que me he encontrado. Esto nos sigue enriqueciendo porque ante este problema, no hay visiones universales. Por ello, me faltó algo más de diálogo pausado, reflexiones con respeto y sin interrupciones.

Sin embargo, también ha habido muchas cosas que me han encantado. Algunos de los talleres y ponencias a las que pude asistir me trajeron algo de la calma que buscaba. Esa que es necesaria para seguir adelante y seguir confiando y creyendo en la vida. Porque dentro de nosotras aún hay muchos vacíos, muchos huecos, muchos posos que quitar. Nos educaron como mujeres y aún seguimos buscándonos a nosotras mismas.

Éste no ha sido ni es un camino fácil. Por eso, trabajar las emociones, educar las emociones, buscar otra forma de sentir y de vivir es esencial. De hecho, cada día estoy más convencida que la única forma de acabar con la violencia de género es trabajar las emociones de hombres y mujeres, trabajar por las relaciones entre iguales. Acabar con las relaciones subordinadas, educar en igualdad y en libertad.

Creo que aquellas a las que nos llaman “las feministas” tenemos que buscar una forma de trabajo conjunto. De no ir contra el sistema porque también formamos parte de él.

Tenemos que trabajar dentro del sistema para cambiarlo, para poder crecer. Tenemos que implicar a la gente que nos ve como “radicales” cuando sólo queremos la paz y la justicia. Tenemos que dar a conocer lo que queremos también a través de nuestras actitudes.

Y siempre caminando con paso firme… porque sí, somos muy grandes.





relojes y arena

17 10 2009

Tomé aquel libro como si fueran unas instrucciones. Como si fuera una excusa. Porque no sabía cómo expresar tanto dolor y lo puso en las letras ya ordenadas de otra persona. Era un “lo siento, esto es lo que hay”. Yo pasaba un mal momento y ella quería darme su mano y tirar de mí, pero no podía. Porque el dolor más grande es el que no sabes de dónde nace, el que no sabes por qué viene.

Aquel libro que me dio para curar mi dolor se convirtió en una carta explicándome el suyo. Me dio una nota en la que decía “socorro”. Porque no era capaz de gritar más fuerte y estaba atrapada ente sus sueños y el dolor. Huir nunca es la solución… pero ayuda tanto cuando lo único que ansías es escapar…

Y pasaron los días y luchaba por sonreír, pero no veía motivos -“y pintada en las esquinas, mi sonrisa en venta”-. Y así pasaban los días, como un pesar con el que hemos de cargar. Pero, dentro, brillaba una pequeña luz. Una luz que aún parpadeaba en sus ojos. En la sonrisa forzada de un “hay que seguir”. Aun forzada era tan bonita, que aún había esperanza.

Me dio un libro de sus instrucciones. Y en él encontré demasiadas cosas. Quería ayudarla y decirle: estoy aquí. Pero yo tampoco sabía por dónde empezar. Yo quería hacerle gritar. Que rompiera a llorar, pero que llorara a mi lado para poderla abrazar. Que dejara de llorar en soledad y dejara que las noches fueran un descanso. Que las noches no fueran relojes y los días arena.

Y así nos convertimos en compañeras Goldin Nan, Picnic on the Esplanade, Boston 1973 de esta vida que nos duele, pero que nos hace sentir tantas cosas buenas… como el hecho de poder compartir lo bueno, lo malo y lo peor. Y que siempre haya una mano, una voz…

Y así seguiremos tirando, entre empujones y tropiezos, pero siempre para alante. Y ese libro fue el primero de muchos, de mil regalos de los que ya perdí la cuenta.